Entreabrió los ojos y al instante percibió los diminutos rectángulos de
luz de la persiana. Ya no le apetecía más dormir por lo que se bajó de la cama
y se sentó en su alfombra. Con sus manos acariciaba suavemente el tocar áspero
de la alfombra de pelo corto, de una alfombra lavable de color azul y verde y
un hermoso sol naranja. Escuchó el sonido del televisor y fue al salón donde
seguramente estaba su hermana viendo los dibujos. Se quitó el pañal y lo dejó
en el pasillo. Sus pies siempre descalzos y de puntillas agradecen el fresco de
las baldosas y su pie derecho encuentra un papel en el suelo y lo va
arrastrando para escuchar el sonido seco y serio del papel. Su mano derecha
roza la pared y enciende las luces que hacen explosiones de luz en sus pupilas.
Entreabre los ojos y los cierra para sentir como la luz entra sin permiso por
sus pestañas medio cerradas porque la luz de la bombilla resulta muy intensa
para ser mirada directamente. Esboza una sonrisa siempre ingenua y se siente
feliz porque su alfombra de pelo largo nudoso en el salón le da los buenos días
y él le rinde culto como un peregrino agachándose y poniendo las manos y su
mejilla en ella. Las sensaciones le permiten entender su mundo sin apenas
lenguaje. Su hermana está viendo los dibujos, a Rafa le gusta sentarse en el
sofá y verlos pero nunca los entiende lo suficiente para seguir la historia, le
sorprenden los peces en la pantalla, los pájaros, todos aquellos animales que
se mueven de forma impredecible. Su hermana Carlota a veces le hace cosquillas
y Rafa alegre levanta su camiseta para que ella pueda hacérselas pero a la vez
la sensación es tan fuerte que le coge las manos y se las aprieta para que no
siga. Entiende la intención, predice la acción pero no le deja y él sigue
riéndose de esa forma grandiosa, tan dulce, incontenible.
Mamá se levanta y nos hace el desayuno, el día es soleado en una ciudad
del norte de España así que decide en ese momento adonde podemos ir. No hay
nadie más en la casa, mamá está sola. Solo veo a mi padre en las vacaciones de
verano y en las de Navidad o Pascua. Mis padres hablan lenguas diferentes.
Cuando viajamos al lugar donde vive mi padre siempre hace sol y hay playa
cerca, hay una luz que ciega, un mar suave y cálido, una arena gorda que hace
escalofríos en las palmas de las manos. Pienso que quizás por ese motivo mi
madre viajó allí cuando era más joven, quizás fue en busca de la luz, de un
clima menos oscuro. Mi madre habla varias lenguas, escribe y le gusta la
música. Sé que al principio le costó aceptarme, que hasta mis cuatro años ella
no era demasiado importante para mí, sé que alguna vez me recogía la cara con
sus manos y lloraba pero yo no sabía porqué. Me repetían las palabras y me
molestaba esa insistencia porque mi mundo no tiene palabras, el mundo tiene
sensaciones, imágenes, el mundo es rugoso, áspero, liso, frío, caliente, dulce,
salado, ácido, arenoso, blando. Mis manos han tocado tantas cosas y aún le
faltan muchas cosas por tocar. Y a veces veo a mi madre con ese aparato en la
mano, tan aburrido, tan liso sin nada punzante ni áspero en lo que entretener
mis manos. Un padre lejos y una madre demasiado ocupada, una madre en el tiempo
de las madres solas, sin redes, sin suficientes ayudas. Madres solas,
exhaustas, insomnes libres de un marido pero a la vez esclavas de trabajos
precarios y de trabajos de cuidados que nunca son suficientes.
Soy terriblemente feliz cuando te pintas los labios, te pones el abrigo
y nos vamos juntos de paseo y me pongo el abrigo y los zapatos al revés, pero
no importa, tú sabes bien que lo importante es intentarlo. Y cuando yo me río
me miras y sonríes y va quedando atrás el tiempo en que temías tanto perderme o
que me comiera algo y pudiera hacerme daño. Piensas que quizás un tengo un
ángel de la guarda que va conmigo y me cuida cuando no estás tú. Es a veces
necesario creer en lo imposible cuando el miedo te paraliza durante demasiado
tiempo . Y el sol es brillante y fuerte y miro hacia arriba y entrecierro de
nuevo los ojos, rozo la mano con la pared y siento los azulejos fríos, la
papelera, la tubería, la pintura que se cae a trozos y me como un cachito sin
que tú me veas. Y nos vamos a una cafetería y mientras mi hermana se lee un
tebeo las patatas fritas crujen entre mis dientes y me refresca el sabor dulce
y espeso del zumo de melocotón. El refresco de naranja tiene una canción dulce
que me susurra cosas bonitas, ¡Chsssss!!!, ¡Chsssss!!! Si puedo le robo a mamá
el sobre de azúcar pero a veces es imposible. Y mamá me mira y sonríe ya no
trata de decirme muchas cosas, usa las palabras justas esas que consuelan o dan
órdenes o preven lo que va a pasar, a veces me canta y tiene una voz muy
bonita. Me relajan laS melodías que se repiten una y otra vez, hace que
mariposas vuelen en mi mente. A veces mamá y yo vamos solos, yo rozo los
árboles y las flores y mamá piensa. Siempre piensa, si se parara un poco a
tocar el barro o la arena mojada se preocuparía menos, entendería la
instantaneidad de la vida, ese momento eterno en el que las cosas juguetean
entre mis dedos.
Mi hermana melliza de 10 años ha aprendido a reírse de mis travesuras y
mis extrañas ocurrencias. Le encanta verme chupar las barandillas de la acera
cuando están llenas de agua porque ha llovido o ver como quito la capucha y
poner la cara hacia arriba para sentir la lluvia.
Y comemos y soy de nuevo feliz porque entiendo el ruido de las
cacerolas, el olor de la comida el siseo de la sartén, el vapor que impregna el
cristal de la ventana, tantas cosas anuncian que la comida está haciéndose. El
mundo está lleno de señales, de avisos y advertencias, solo hay que ser observador,
las palabras no solo describen, no son tan inocentes a veces manipulan y
esconden, tras las palabras se esconde el terrible ego y la temible mentira.
Las palabras nos construyen y nos destruyen, les dais demasiado poder y a veces
son solo aire vacuo. La pasta es alargada y blandita, el queso ácido, la
ensalada crujiente y fresca. Y a veces hay algún dulce que se me derrite en la
boca, se funde con mi lengua y el paladar, saborear es una de mis actividades
favoritas. Me gusta dejar la nata montada un ratito en mi boca y sentir su
suntuosidad, su dulzura hasta que de alguna forma se deshace y se escapa por mi
garganta. Es tarde de sofá y mamá quiere estar tranquila y se van las horas
mientras yo me siento en mi alfombra y toco objetos con ruidos, texturas
ásperas o granulosas, ásperas paredes, el frío de la baldosa, pruebo a correr
en el pasillo y doy vueltas en el aire. Y soy feliz y mi madre lo sabe, la luz
se atenúa, las sombras cambian.
Llega la cena y la noche.
Ella se despide tras lavarme los dientes y meterme en la cama, me
acaricia y sonríe y no dice mucho más, sabe ya que no es necesario decir mucho
más, sabe que mi sonrisa le pone alas, cárcel le arranca. Mi risa te hace libre
porque es la inocencia inconsciente de como veo el mundo. Aislado del horror me
río, te ríes y sientes aún que puedes volar y que es posible creer en la
bondad.
Somos los últimos ángeles, no
pueden esclavizarnos, no haremos daño a costa de intereses ajenos, no nos
enriqueceremos explotando a las personas.
Cuatro años para aceptarme, cuatro años para aprender a quererme, así
como soy. Cuatro años para tener el valor de cambiar tu vida y de entender las
trampas e intrigas de este mundo miserable donde los “capaces” usurpan,
expolian y utilizan a los vulnerables. Mi propia existencia exige personas que
me comprendan y atiendan, mi propia existencia requiere centros que cuiden y
que me protejan. Mi propia existencia demanda investigación en neurología y en
educación especial. Dime, ¿Entiendes ahora la importancia de mi existencia?
Conmigo la comunidad une sus brazos, crea raíces fuertes, ampara la precariedad
de las madres. Conmigo las personas aprenden a empatizar, a mirar desde otros
ángulos.
Conmigo lo imprevisible, la inocencia, la risa, la vida.
Conmigo lo imprevisible, la inocencia, la risa, la vida.
Antes de dormirme me limpio con
la sábana de algodón la vaselina que me puso mi mamá para que no se agrieten
los labios veo la luz del pasillo y siento los últimos ruidos del día. Y mi
madre viene por última vez y me acaricia la frente. Tenemos la suerte de estar
juntos así sin miedo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario